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Las luces de la Revolución de Mayo

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Hoy, como cada 25 de mayo, los argentinos recordamos nuestra revolución, aquel hecho que significaría el puntapié inicial de nuestra independencia, que llegaría seis años más tarde. Sin embargo, al hacer un análisis histórico de aquel 25 de mayo de 1810, debemos revisar algunas cuestiones. ¿Sobre qué bases ideológicas se sentó la revolución de mayo? ¿Fue realmente una revolución? ¿Cuál era el proyecto político que conllevaba el primer gobierno patrio? ¿Se buscaba darle curso a la idea de Nación?.

Hacia principios de 1810, la elite ilustrada de Buenos Aires comenzó a interpretar que eran tiempos de cambio sustanciales, para lo cual se debía romper con la Corona Española, representante del atraso y de lo arcaico, en lo político, pero principalmente en lo económico, siendo este el primer paso en pos del gran salto hacia el progreso, hacia la modernidad, representada por Gran Bretaña en lo económico y por Francia en lo cultural. Este núcleo duro de revolucionarios, que eran portadores de nociones ideológicas sólidas, estaba encabezado por Juan José Castelli, Manuel Belgrano, pero principalmente por Mariano Moreno, la figura de temperamento y discurso más verborrágico a la hora de la discusión política.

A través de sus años como estudiante de leyes en la Universidad de Chuquisaca, Mariano Moreno fue fuertemente influenciado por el pensamiento iluminista francés. Dentro de esta corriente, los pensadores (esencialmente los Jacobinos, Robespierre y Saint-Just) basaban sus nociones en el “endiosamiento” de la razón. Desarrollando estos ideales en pocas líneas, podemos argumentar que la razón está en el hombre, y no en las cosas. El mundo es un lugar que se encuentra en completo desorden, por lo que es menester de los hombres que están iluminados por las luces de la razón, ordenar el mundo. En este sentido, la razón nunca está de acuerdo con el orden existente, y en consecuencia, el único derecho que existe es el derecho de la razón, por lo que gobernar por derecho divino es gobernar irracionalmente. Es en este punto, donde los revolucionarios rearmaran su realidad mediante la razón, pensado cual es la mejor forma de gobierno que favorece al pueblo. Estos principios fueron las piedras basales de la Revolución Francesa de 1789, que terminaría con la Monarquía y con el reinado de Luis XVI, hecho histórico que contagiaría en ciertos aspectos a nuestra revolución.

En términos estructurales, la Revolución Francesa modifica todo el orden social, surgiendo una nueva clase social que toma el poder: la Burguesía. Este nuevo actor logra integrar a todo el pueblo, que apoya la insurrección bajo el lema de “Libertad, Igualdad y Fraternidad”.

Sin embargo, de este lado del océano, si bien los revolucionarios de mayo y principalmente Mariano Moreno tenían un plan revolucionario muy ambicioso, carecían de esa masa popular que acompañe el movimiento insurgente. En pocas palabras, la Revolución de Mayo es una revolución sin pueblo, comandada por la elite ilustrada de Buenos Aires que haciéndose eco de una coyuntura histórica favorable dada por la resistencia de un Virrey representante de una potencia colonial derrumbada, que generaba un virreinato “sin cabeza”, decide no continuar más bajo el obsoleto dominio español, abriéndose paso a la modernidad. Este cambio hacia “la nueva globalización económico-cultural”, fue moneda corriente para muchos otros procesos revolucionarios de América Latina que vieron en esta, el avance hacia una modernidad capitalista, basada principalmente en la entrada al sistema de libre cambio. Así mismo las grandes potencias, interpretan este nuevo escenario de revoluciones políticas latinoamericanas como la modificación del concepto de coloniaje, pasándose de un colonialismo territorial a un colonialismo económico. 

Volviendo a la “revolución” propiamente dicha, la idea de Moreno no era hacer una copia de la experiencia francesa, ya que sabía que no contaba con una burguesía revolucionaria, es decir, que no tenía una clase social capacitada para suplantar a la Monarquía y además como era de Buenos Aires, la relación que mantendría con las provincias donde realmente radicaba el pueblo ausente en la revolución, distaría de ser conciliadora y amable. Ese pueblo ausente, sería la base de las críticas que uno de los pensadores más grandes de América Latina, Juan Bautista Alberdi, le dedicaría a la Revolución de Mayo. Alberdi representa a una línea de pensamiento basada en un liberalismo integracionista, que tenía como horizonte un país integral, no centrado en el poder de Buenos, sino en el que se integren las provincias. Sobre esta premisa, los argumentos que esbozará Alberdi vendrán a poner “luces” sobre la sesgada y limitada noción de Patria que concebía Mariano Moreno. Alberdi definirá a los pueblos del interior del país como la “democracia bárbara”, en los cuales se conformaban las bases reales del país. Esos mismos que llamados “españolistas” por los revolucionarios de mayo, son la verdadera expresión de la democracia porque son la mayoría que merecen ser representados.

Las provincias reaccionarán contra la prepotencia del poder central, al traducir los acontecimientos de mayo como una revolución local para Buenos Aires y no como una revolución nacional y para todos. Si bien estamos afirmando que no hubo una revolución en términos conceptuales, no podemos negar, mirando los hechos de mayo en retrospectiva, que aquel 25 de mayo de 1810, empezamos a ser nosotros mismos. Si hoy repensamos esta historia, el objetivo central es el mismo, que los pueblos y las sociedades tengan más libertad, más igualdad, más equitativa distribución de las riquezas.

A 210 años de aquel movimiento, dejando de lado todo lo que fue obstáculo en nuestra historia, diremos que a pesar de no haber sido una revolución, fue la piedra basal de una Nación que tardaría más de 70 años en unificarse.

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